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Crítica: ‘Kong: La Isla Calavera’ | El rey ha vuelto, pero sin corona

Sí, lo admito, el cine de monstruos me gusta. No sé si será por sus efectos especiales funcionales que me hacen desconectar durante sus 2 horas de metraje o porque me sirven para soltar adrenalina viendo peleas frenéticas y cosas saltando por los aires. Encima si lo mezclas con una historia convincente y unos personajes, que tampoco destaquen, pero le infundan vida al guión, me tendrás ganado. El caso es que Kong: Skull Island no es ni la primera ni la última película de monstruos gigantes que veré, pero sí es de las que más defraudado me he sentido.

Hagamos retrospectiva: en 2005, Peter Jackson nos sorprendía con un reinicio de la historia clásica de King Kong, adaptada a los nuevos tiempos y con los efectos especiales que, con El Señor de los Anillos, habían dado a Weta Digital un reconocimiento a escala mundial. La película, desde mi punto de vista fue funcional, y no en el sentido de “película para pasar el rato en casa con unas palomitas”. El Kong de Jackson había sabido captar a la audiencia con una historia que conocíamos, pero que nos hacía adentrarnos como si fuera la primera vez a esa isla perdida en el Índico.

El problema es que, con King Kong se vio la imperiosa necesidad de una evolución progresiva de los efectos especiales para contar este tipo de historias, sobre todo de cara a las nuevas generaciones. Así que primó el espectáculo y la saturación de efectos especiales para introducir al espectador en esos lugares y hacer que se aterrorice de esas bestias. Y aquí está mi principal problema con Kong: Skull Island. Y es que, si bien ha habido mejoría en la forma de contar espectáculo unido a una buena historia, la nueva entrega del gran simio vuelve a caer en ese pozo de ambición de CGI como otras películas que la han precedido.

En esta nueva película nada de lo que conocemos hasta la fecha sobre Kong (a Warner no se le tiene permitido usar el término King Kong porque los derechos pertenecen a Universal Studios) se mantiene. Ahora se nos lleva de la mano al Pacífico, donde por azares del destino, una empresa estadounidense ha encontrado una isla completamente desconocida al lanzar sus primeros satélites al espacio.

Así empieza la película, nueva época, nueva gente y nueva isla. Todo está listo para aportar aire fresco al personaje y su mundo, pero como he dicho, cae en los convencionalismos del cine de puro espectáculo, relegar todo a sus efectos esperando que eso convenza, al más puro estilo Michael Bay o Peter Jackson con su trilogía de El Hobbit.

Seguimos a un pelotón de marines estadounidenses que, al acabar la guerra de Vietnam, son llevados por su capitán (interpretado por Samuel L. Jackson), bajo órdenes de sus superiores a una isla desconocida y escoltar a un grupo de los más variopinto, que incluye desde científicos a un ex soldado británico.

Durante los primeros 20 minutos, a ritmo de Black Sabbath y The Chambers Brothers, el nuevo reparto se dirige a la nueva isla. Un reparto de lo mejor de Hollywood con Tom Hiddleston, Samuel L. Jackson y Brie Larson a la cabeza que no pueden salvar a la película de su destino, pero aun así lo intentan con personajes sin importancia o que están por estar. Y es que si la película tenía algo en su favor eran estos actores y la nueva época para crear una épica de aventura acorde a los nuevos tiempos.

Y aquí llegamos al final de esos primeros 20 minutos, con la llegada a la isla (más pequeña a mi gusto que la de Peter Jackson) y “¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡No! Es un gran tronco de árbol que sale despedido de entre el bosque”. Así empieza el acto de presentación de Kong (sin contar los primeros 2 minutos porque lo considero innecesario y de relleno para una subtrama absurda), lanzando un tronco a uno de los helicópteros y mandándolo a la lona.

La escena en cuestión debería ser una carta de bienvenida a la isla para temerla y quedarse maravillados con Kong, pero no. Desde el primer momento que se estrella el helicóptero tienes la sensación que la película ha avanzado y se ha comido 20 minutos de metraje para llevarnos a esa escena. No nos ha dejado descansar. No nos ha dejado maravillarnos con la isla y su belleza mortal. No. Nos ha soltado a un mono de 100 metros liándose a espantar helicópteros como si de moscas se tratase.

Y es aquí donde quiero hablar de Kong. El simio que todos conocemos no medía más de 16 metros y, en el caso de la cinta de Jackson, era un gorila que se apoyaba sobre sus patas y manos. Ahora nos encontramos ante un espécimen de 100 metros en perfecta postura a dos patas que, según nos cuentan, es el protector de la isla frente a seres ancestrales que brotan de debajo de la tierra.

Sigue la misma estela que la Godzilla de Gareth Edwards, un protector de la humanidad frente a seres malignos, que en un primer momento consideramos nuestro peor enemigo y luego resulta que es amigo. El más puro maniqueísmo del bien contra el mal, blanco o negro. Y es algo que a Kong no le sienta bien. La historia de Kong debería seguir una aproximación más cercana a la naturaleza de la isla y su relación con ese mundo antiguo.  La película desaprovecha toda la tensión que generaba la cinta de 2005 para anteponer su espectáculo a la historia, que por mínima que sea, debería tener más presencia para sentar las bases del personaje de cara a empatizar con él o querer asistir a una secuela.

Mirad, no os voy a decir que es mala, de hecho, es disfrutable si pasas por alto las carencias en su historia y el guión y personajes absurdos. Vas a ver una película sobre un bicho grande que se pelea contra otro bicho grande y no pensar durante dos horas. Pero no sé si será que tras Pacific Rim en 2013, a la que siguió el Godzilla de Gareth Edwards, volví a sentir algo especial por el cine de monstruos que quería ver reflejado en un Kong crepuscular, protector de una isla que si se descuida lo devora.

Pero se queda muy por detrás de lo esperado, con la sombra de la futura franquicia entre el lagarto gigante y el simio en Kong vs Godzilla (que espero que no llegue jamás), que ha obligado a esta cinta a contar una historia a prisa y corriendo, donde primaba el engancharte con efectos contundentes e increíbles y que te preparen para el posterior enfrentamiento.

¡Subid al ring! ¡En un lado tenemos a Godzilla, rey de los monstruos! ¡Y en la otra esquina a Kong, rey de su isla! ¡A luchar! Sinceramente, espero que ese enfrentamiento no llegue jamás.

Sí, lo admito, el cine de monstruos me gusta. No sé si será por sus efectos especiales funcionales que me hacen desconectar durante sus 2 horas de metraje o porque me sirven para soltar adrenalina viendo peleas frenéticas y cosas saltando por los aires. Encima si lo mezclas con una historia convincente y unos personajes, que tampoco destaquen, pero le infundan vida al guión, me tendrás ganado. El caso es que Kong: Skull Island no es ni la primera ni la última película de monstruos gigantes que veré, pero sí es de las que más defraudado me he sentido. Hagamos…

NOTA

REGULAR - 5

5

REGULAR

La nueva entrega de Kong no aguanta frente a las expectativas. La película dirigida por Jordan Vogt-Roberts se queda a medio camino entre su predecesora y cualquier película de Transformers, primando en su composición los efectos a la historia. Mantiene un aura de acción que el director sabe llevar muy bien que junto con unos efectos especiales de lo mejorcito de hoy en día, harán las delicias de quienes quieran desconectar durante 2.

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Acerca de Alberto Lloria

Imagen de perfil de Alberto Lloria
21 años. Historiador a media jornada, friki a jornada completa. Apasionado de los videojuegos y el cine, no podría vivir sin mi dosis diaria de alguno. Fan incondicional de la trilogía de El Señor de los Anillos, Batman, Lobezno y SpiderMan. Lector de cómics amateur, buscando ser experto. Marvelita y DCita, no puedo elegir entre las dos así que me quedo con lo mejor de cada una.

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